y los animara a hacer guardia con diez veces más de vigilancia; pero ya fuera porque no hablaba con total coherencia, o porque todo aquello parecía increíble, lo cierto es que el hombre dedujo que Curdie todavía estaba desvariando e intentó convencerlo con mimos para que se callara.
Esto, por supuesto, irritó terriblemente a Curdie, quien a su vez experimentó lo que era no ser creído, y la consecuencia fue que le regresó la fiebre, y para cuando, ante sus ruegos insistentes, llamaron al capitán, no cabía duda de que estaba delirando.
Hicieron por él lo que pudieron y le prometieron todo lo que pedía, pero sin la menor intención de cumplirlo.
Al fin se durmió, y cuando a la larga su sueño se volvió profundo y apacible, lo dejaron, volvieron a echar la llave a la puerta y se retiraron, con la intención de visitarlo temprano por la mañana.