Tan pronto como hubieron desayunado, partió con su padre hacia la mina.
Entraron en la colina por una abertura natural bajo una roca enorme, por donde brotaba un arroyo pequeño. Siguieron su curso durante unos pocos metros, cuando el pasaje dio un giro y descendió en fuerte pendiente hacia el corazón de la colina.
Con muchos ángulos, sinuosidades y ramificaciones, y a veces con escalones donde desembocaba en un abismo natural, los adentró profundamente en la montaña antes de llegar al lugar donde actualmente extraían el preciado mineral.
Este era de diversos tipos, pues la montaña era muy rica en los mejores tipos de metales.
Con pedernal, eslabón y yesca encendieron sus lámparas, luego se las fijaron en la cabeza y pronto se pusieron manos a la obra con sus picos, palas y martillos.
Padre e hijo trabajaban cerca el uno del otro, pero no en la misma galería —los pasillos de donde se extraía el mineral los llamaban «galerías»—, pues cuando el «filón», o veta de mineral, era pequeño, a un minero le tocaba cavar solo en un pasillo apenas lo suficientemente grande para darle el espacio justo para trabajar, a veces en posturas incómodas y estrechas.
Si se detenían un momento, podían oír por todas partes a su alrededor, unos más cerca, otros más lejos, los sonidos de sus compañeros cavando en todas direcciones en el interior de la gran montaña: unos abriendo agujeros en la roca para volarla con pólvora, otros cargando el mineral partido en cestas para llevarlo a la boca de la mina, otros golpeando con sus picos. A veces, si el minero se encontraba en una zona muy solitaria, solo oía un golpeteo tenue, no más fuerte que el de un