la luna, que había templado en el fuego de rosa y atado a su anillo de ópalo, la había abandonado; se había ido a donde ya no podía seguirlo; ¡la había traído a una caverna horrible y la había dejado allí! ¡Estaba verdaderamente abandonada!
—¿Cuándo despertaré? —se dijo con angustia, pero al mismo tiempo supo que no era un sueño. Se arrojó sobre el montón y se puso a llorar. Menos mal que no sabía qué criaturas, una de ellas con zapatos de piedra en los pies, yacían en la cueva contigua. Pero tampoco sabía quién estaba al otro lado de la losa.
Al fin se le ocurrió la idea de que al menos podía seguir el hilo hacia atrás y salir así de la montaña y volver a casa.
Se levantó de inmediato y encontró el hilo. Pero en el instante en que intentó tantearlo hacia atrás, este se desvaneció al tacto. Hacia adelante guiaba su mano hasta el montón de piedras; hacia atrás parecía no estar en ninguna parte.
Tampoco podía verlo como antes a la luz del fuego. Rompió en llanto gimiente y volvió a arrojarse sobre las piedras.