El agua era siempre el principal peligro al que estaban expuestos los mineros. A veces se encontraban con un poco de grisú sofocante, pero nunca con el grisú explosivo tan común en las minas de carbón. Por eso iban con cuidado en cuanto veían cualquier atisbo de agua.
Como resultado de sus reflexiones mientras los duendes estaban ocupados en su antiguo hogar, a Curdie le pareció que lo mejor sería tapiar toda esta galería, rellenándola de piedra, arcilla y cal, de modo que no quedara ni el más pequeño conducto por donde pudiera filtrarse el agua.
No había, sin embargo, ningún peligro inmediato, pues la ejecución del plan de los duendes estaba supeditada al fracaso de aquel plan desconocido que iba a tener prioridad sobre este; y él estaba sumamente ansioso por mantener abierta la puerta de comunicación para poder descubrir, si fuera posible, en qué consistía el primer plan.
Al mismo tiempo, no podían reanudar sus interrumpidas labores para la inundación sin que él se enterara; cuando, poniendo a toda la gente a trabajar, el único desagüe existente podría volverse impenetrable en una sola noche para cualquier peso de agua, pues al rellenar la zanja por completo, su terraplén quedaría apuntalado por los flancos de la misma montaña.
Tan pronto como descubrió que los trasgos se habían retirado de nuevo, encendió su lámpara y procedió a llenar el agujero que había hecho con aquellas piedras que pudiera retirar cuando le viniera en gana. Luego pensó que era mejor, ya que es posible que tuviera que pasar muchas noches en vela después de aquello, irse a casa y dormir un poco.
¡Qué agradable se sentía el aire nocturno en el exterior de la montaña después de lo que había pasado en su interior! Se apresuró a subir la colina sin encontrarse con un solo trasgo en el camino, y llamó y golpeó la ventana hasta que despertó a su padre, quien