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nydus/The Princess and the GoblinPublic
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VII. Las Minas

Como ya he indicado, la principal defensa contra ellos era el verso, pues aborrecían el verso de toda clase, y algunas clases no podían soportarlas en absoluto.

Sospecho que ellos mismos no sabían hacer ninguno, y por eso les disgustaba tanto.

Sea como fuere, los que más temían eran aquellos que ni sabían hacer versos por sí mismos ni recordar los versos que otras personas hacían para ellos; mientras que los que nunca temían eran los que podían hacer versos por sí mismos; pues aunque había ciertas rimas antiguas que eran muy eficaces, bien sabido era que una rima nueva, si era del tipo adecuado, les resultaba aún más desagradable y, por lo tanto, más eficaz para ponerlos en fuga.

Tal vez mis lectores se estén preguntando qué se traían entre manos los duendes, trabajando toda la noche, visto que nunca subían el mineral para venderlo; pero cuando les haya informado acerca de lo que Curdie averiguó la noche siguiente, podrán comprenderlo.

Pues Curdie había decidido, si su padre se lo permitía, quedarse allí solo aquella noche; y ello por dos razones: primera, quería ganar un jornal extra para poder comprarle una enagüa roja muy abrigada a su madre, quien había empezado a quejarse del frío del aire de la montaña antes de lo habitual aquel otoño; y segunda, abrigaba la ligera esperanza de averiguar qué se traían entre manos los duendes bajo su ventana la noche anterior.

Cuando se lo contó a su padre, este no puso objeción, pues tenía mucha confianza en el valor y los recursos de su muchacho.

—Siento no poder quedarme contigo —dijo Peter—; pero quiero ir a hacerle una visita al pastor esta tarde y, además, he tenido un poco de dolor de cabeza todo el día.

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