Corrió durante un buen trecho, dio varias vueltas y luego empezó a tener miedo.
Muy pronto estuvo segura de que había perdido el camino de regreso. ¡Habitaciones por todas partes y ni rastro de escalera!
Su pequeño corazón latía tan deprisa como corrían sus piececitos, y un nudo de lágrimas se le iba formando en la garganta. Pero estaba demasiado impaciente y quizás demasiado asustada como para llorar durante un buen rato.
Por fin la abandonó la esperanza. ¡No había más que pasillos y puertas por todas partes! Se dejó caer al suelo y rompió en un llanto lastimero interrumpido por sollozos.
Sin embargo, no lloró durante mucho tiempo, pues era tan valiente como cabría esperar de una princesa de su edad.
Tras un buen llanto, se levantó y se sacudió el polvo del vestido. ¡Oh, qué polvo tan viejo era! Luego se secó los ojos con las manos, porque las princesas no siempre llevan los pañuelos en los bolsillos, ni tampoco algunas otras niñas que conozco.
Después, como una verdadera princesa, decidió actuar con sensatez para encontrar el camino de regreso: caminaría por los pasillos y buscaría la escalera en todas direcciones. Lo hizo, pero sin éxito.
Recorrió el mismo lugar una y otra vez sin saberlo, pues los pasillos y las puertas eran todos iguales.
Al fin, en un rincón, a través de una puerta entreabierta, vio una escalera. ¡Pero ay!, iba en la dirección equivocada: en vez de bajar, subía.
Sin embargo, por asustada que estuviera, no pudo evitar el deseo de ver adónde más podría llevar aquella escalera. Era muy estrecha y tan empinada que avanzaba como una criatura de cuatro patas, a gatas.