la pared había desaparecido, pues estaba contemplando la noche oscura y nublada. Pero aunque oía soplar el viento, ni una ráfaga soplaba sobre ella. Un momento después, las nubes mismas se abrieron, o más bien se desvanecieron como la pared, y ella miró directamente a los rebaños estrellados, que brillaban gloriosamente en el azul oscuro. Fue solo por un momento. Las nubes se volvieron a juntar y ocultaron las estrellas; la pared se volvió a juntar y ocultó las nubes; y allí estaba la dama a su lado con la sonrisa más hermosa en el rostro y una esfera reluciente en la mano, del tamaño de un huevo de paloma.
—¡Toma, Irene; ahí tienes mi labor! —dijo, tendiéndole el ovillo a la princesa.
Ella lo tomó en su mano y lo miró por todas partes. Chispeaba un poco y brillaba aquí y allá, pero no mucho. Era de una especie de blancura grisácea, algo parecido al vidrio hilado.