su pueblo. Sin tener en cuenta el hecho de que fuimos los primeros poseedores de las regiones que ahora habitan; sin tener en cuenta tampoco el hecho de que abandonamos dicha región por los motivos más nobles; sin tener en cuenta asimismo el hecho evidente de que los superamos tanto en capacidad mental como ellos nos superan en estatura, nos consideran una raza degradada y se burlan de todos nuestros sentimientos más refinados. Pero ha llegado casi el momento en que —gracias al genio inventivo de Su Majestad— estará en nuestro poder tomarnos una cumplida venganza de una vez por todas respecto a su comportamiento
—¡Plazca a Vuestra Majestad...! —gritó una voz muy cerca de la puerta, que Curdie reconoció como la del duende al que había seguido.
—¿Quién es el que interrumpe al Canciller? —gritó otro desde cerca del trono.
—Glump —respondieron varias voces.
—Él es nuestro leal súbdito —dijo el propio rey, con voz lenta y majestuosa—: que se acerque y hable.
Se abrió paso entre la multitud y Glump, tras haber subido a la plataforma y hecho una reverencia al rey, habló de la siguiente manera:
—Señor, habría guardado silencio, de no haber sabido que yo solo sabía cuán cercano era el momento al que el canciller acababa de referirse.
“Con toda probabilidad, antes de que pase otro día, el enemigo habrá irrumpido en mi casa; la pared divisoria entre ambos apenas tiene ahora un pie de espesor”.
—No tanto —pensó Curdie para sus adentros.