—No lo sé, abuela —dijo la princesa, echándose a llorar—. No siempre puedo hacer las cosas como debiera. Y no siempre lo intento. De todos modos, lo siento muchísimo.
La señora se agachó, la levantó en brazos y se sentó con ella en su sillón, estrechándola contra su pecho.
En pocos minutos la princesa se había quedado dormida de tanto sollozar. Cuánto tiempo durmió, no lo sé.
Cuando volvió en sí, estaba sentada en su propia trona alta junto a la mesa de la guardería, con su casa de muñecas delante.