una aguja, es cierto, pero aun así suficiente para extender una gran humedad sobre la pared, fluía por la superficie de la roca.
Pero el grupo que iba delante de él avanzaba penosamente bajo pesadas cargas. Podía distinguir a Helfer de vez en cuando, entre la luz y la sombra parpadeantes, con el gran cofre sobre sus hombros encorvados; mientras que el segundo hermano iba casi sepultado bajo lo que parecía un gran edredón de plumas.
«¿De dónde sacarán las plumas?», pensó Curdie; pero al momento el grupo desapareció en una curva del camino, y ahora le resultaba tanto seguro como necesario a Curdie seguirlos, no fuera a ser que estuvieran ya doblando la siguiente esquina antes de volver a verlos, pues de ese modo podría perderlos por completo. Salió disparado tras ellos como un lebrel.
Cuando llegó a la esquina y miró con cautela, los volvió a ver a cierta distancia por otro largo pasillo. Ninguna de las galerías que vio aquella noche mostraba señales de la obra del hombre, ni tampoco de trasgo. Estalactitas, mucho más antiguas que las minas, colgaban de los techos; y los suelos eran ásperos, llenos de rocas y grandes piedras redondas, lo que indicaba que por allí alguna vez debió de correr agua. Volvió a esperar en esa esquina hasta que hubieron desaparecido por la siguiente, y así los siguió durante un largo trecho a través de un pasillo tras otro. Los pasillos se hacían cada vez más altos, y sus techos estaban cada vez más cubiertos de estalactitas brillantes.
Era una procesión bastante extraña la que él seguía. Pero lo más extraño de todo eran los animales domésticos que se agolpaban entre los pies de los trasgos. Era verdad que no tenían animales salvajes allá abajo—al menos no tenían conocimiento de ninguno; pero contaban con un número maravilloso de animales domesticados. Debo, sin embargo, reservar cualquier aportación a la historia natural de estos para un momento posterior de mi historia.