una veta de arena que llenaba una fisura sinuosa en la roca sobre la cual estaba construida la casa. Al cavar y retirar esta arena, salieron al hontanar de la bodega del rey.
No bien descubrieron dónde estaban, cuando regresaron corriendo a toda prisa, como ratas a sus madrigueras, y corriendo a toda velocidad hacia el palacio de los trasgos, anunciaron su éxito al rey y a la reina con gritos de triunfo.
En un momento, la familia real de los trasgos y todo su pueblo se pusieron en marcha a toda prisa hacia la casa del rey, cada cual ansioso por tener su parte en la gloria de raptar esa misma noche a la princesa Irene.
La reina avanzaba dando tumbos con un zapato de piedra y otro de piel.
Esto no debió de ser agradable, y mis lectores tal vez se extrañen de que, teniendo a unos obreros tan hábiles a su disposición, aún no hubiera reemplazado el zapato que se había llevado Curdie.
Como el rey, sin embargo, tenía más de un motivo de objeción contra sus zapatos de piedra, sin duda aprovechó el descubrimiento de sus dedos para amenazar con exponer su deformidad si se mandaba hacer otro.
Supongo que insistió en que se conformara con zapatos de piel, y le permitió llevar el único zapato de granito que le quedaba en esta ocasión únicamente porque iba a la guerra.
No tardaron en llegar a la bodega de vino del rey y, a pesar de sus enormes recipientes, cuyo uso desconocían, procedieron de inmediato, pero con la mayor sigilo posible, a forzar la puerta que conducía hacia arriba.