el agua subía rápidamente a su alrededor y ya era hora de sacarlos. Pero no había otra manera de sacarlos que montándolos a través del arroyo, que ahora brotaba tanto de las ventanas inferiores como de la puerta. Como un solo caballo era más que suficiente para que cualquier hombre pudiera controlarlo en medio de semejante torrente, Curdie se montó en el corcel blanco del rey y, abriendo el camino, los condujo a todos sanos y salvos hasta un terreno más alto.
—¡Mira, mira, Curdie! —gritó Irene en el momento en que, tras haber desmontado, él acercó el caballo al rey.
Curdie miró, y vio, en lo alto del aire, más o menos sobre la cumbre de la casa del rey, un gran globo de luz que brillaba como la plata más pura.
—¡Oh! —exclamó con cierta consternación—, ¡esa es la lámpara de tu abuela! Debemos sacarla. Iré a buscarla. La casa puede venirse abajo, ya sabes.
—Mi abuela no corre ningún peligro —dijo Irene, sonriendo.
—Toma, Curdie, a la princesa mientras subo a mi caballo —dijo el rey.
Curdie tomó a la princesa de nuevo, y ambos volvieron los ojos hacia el globo de luz.
En el mismo instante brotó de él un ave blanca que, descendiendo con las alas extendidas, dio un círculo alrededor del rey, de Curdie y de la princesa, y luego se remontó de nuevo.
La luz y la paloma se desvanecieron juntas.