La pista de Irene
Esa misma mañana temprano, la princesa se despertó con un susto terrible. Había un ruido espantoso en su habitación: criaturas gruñendo y siseando y volando por los aires como si estuvieran peleando. En cuanto volvió en sí, recordó algo en lo que no había vuelto a pensar: lo que su abuela le había mandado hacer cuando tuviera miedo. Inmediatamente se quitó el anillo y lo puso bajo su almohada. Al hacerlo, le pareció sentir un dedo y un pulgar que lo tomaban suavemente de debajo de la palma de su mano. «¡Debe ser mi abuela!», se dijo, y el pensamiento le dio tanto valor que se detuvo a ponerse sus delicadas zapatillas antes de huir de la habitación.
Mientras hacía esto, vio una capa larga de color azul celeste, arrojada sobre el respaldo de una silla junto a la cama.
Nunca antes la había visto, pero evidentemente la estaba esperando. Se la puso y luego, tanteando con el dedo índice de su mano derecha, no tardó en encontrar el hilo de su abuela, el cual se dispuso a seguir de inmediato, esperando que la condujera directamente por la vieja escalera arriba.
Cuando llegó a la puerta, descubrió que bajaba y corría a lo largo del suelo, de modo que casi tuvo que gatear para no soltarla. Luego, para su sorpresa y un poco para su consternación, descubrió que, en lugar de conducirla hacia la escalera, giraba en la dirección completamente opuesta.