«Buenas noches, pues», dijo la anciana, y besó la frente que descansaba sobre su pecho.
En un momento más, la princesita soñaba en medio de los sueños más hermosos: de mares veraniegos y luz de luna y manantiales cubiertos de musgo y grandes árboles susurrantes, y lechos de flores silvestres con aromas como jamás antes había olido. Pero, al fin y al cabo, ningún sueño podía ser más hermoso que aquello que había dejado atrás al quedarse dormida.
Por la mañana se despertó en su propia cama. No había pañuelo ni ninguna otra cosa en su mano, solo un dulce aroma persistía en ella. La hinchazón había bajado por completo; el pinchazo del broche había desaparecido; de hecho, su mano estaba perfectamente bien.