—Todavía no es hora de irse a la cama —dijo la reina.
—Yo lo haría si fuera tú —dijo Curdie.
—¡Miserable impertidente! —dijo la reina, con el máximo desprecio en la voz.
—Un si imposible —dijo Su Majestad con dignidad.
—Exacto —respondió Curdie, y volvió a cantar:
“Vete a la cama, Duende, ya. Ayuda a la reina A quitarse el zapatar.
Si lo haces, Te dejará ver Un horrible conjunto De dedos al nacer.”
—¡Qué mentira! —rugió la reina, furiosa.
—A propósito, eso me recuerda —dijo el rey— que, en todo el tiempo que llevamos casados, jamás te he visto los pies, reina. ¡Creo que podrías quitarte los zapatos cuando te acuestas! A veces me hacen daño de verdad.
—Haré lo que me plazca —replicó la reina con malhumor.
“Debes hacer lo que tu propio marido desea”, dijo el rey.
—No lo haré —dijo la reina.
—Entonces insisto en ello —dijo el rey.
Aparentemente Su Majestad se acercó a la reina con el propósito de seguir el consejo dado por Curdie, pues este último oyó un forcejeo y luego un gran rugido por parte del rey.
—¿Te callarás de una vez, entonces? —dijo la reina con malicia.