Curdie, o al menos ir a decirles dónde está.
—Sí, madre. Solo que tengo un hambre terrible. Déjame desayunar primero, por favor. Tendrían que haberme hecho caso, y así no les habría pillado por sorpresa como les ha pasado.
—Eso es verdad, Curdie; pero a ti no te toca culparlos mucho. ¿Te acuerdas?
“Sí, madre, sí. Solo que de verdad necesito comer algo”.
—Lo tendrás, hijo mío, tan pronto como pueda conseguirlo —dijo su madre, levantándose y sentando a la princesa en su silla.
Pero antes de que su desayuno estuviera listo, Curdie se levantó de un salto tan repentinamente que asustó a sus dos compañeros.
—¡Madre, madre! —gritó—, me estaba olvidando. Tienes que llevarte a la princesa a casa tú misma. Debo ir a despertar a mi padre.
Sin una sola palabra de explicación, corrió hacia el lugar donde su padre estaba durmiendo. Habiéndole despertado por completo con lo que le dijo, salió docilmente de la cabaña.