Las aguas subterráneas
El arpista del rey, que siempre formaba parte de su séquito, iba cantando una balada que componía al tiempo que tocaba su instrumento —sobre la princesa y los duendes, y la proeza de Curdie—, cuando de repente se calló, con los ojos fijos en una de las puertas del salón. Ante esto, los ojos del rey y de sus invitados se volvieron también hacia allí. Al momento, por la puerta abierta apareció la princesa Irene. Se fue directa hacia su padre, con la mano derecha estirada un poco hacia un lado y el dedo índice, como su padre y Curdie comprendieron, palpando el camino a lo largo del hilo invisible. El rey la tomó en su regazo, y ella le dijo al oído:
—Rey-papá, ¿oyes ese ruido?
—No oigo nada —dijo el rey.
“Escucha”, dijo, levantando el dedo índice.
El rey escuchó, y un gran silencio se abatió sobre la compañía. Cada hombre, al ver que el rey escuchaba, escuchó también, y el arpista se quedó con el arpa entre los brazos, y el dedo en silencio sobre las cuerdas.
—Oigo un ruido —dijo el rey al fin—, un ruido como de trueno distante. Se acerca cada vez más. ¿Qué podrá ser?
Todos lo oyeron ahora, y cada uno parecía dispuesto a incorporarse mientras escuchaba. Sin embargo, todos permanecieron perfectamente quietos. El ruido se acercaba rápidamente.