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nydus/The Princess and the GoblinPublic
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XXI. La huida

encuentre el camino como yo, y como insiste en ir a la cabeza, debo seguirla. Peor de lo que estamos no podemos estar, de todos modos. Razonando así, la siguió unos cuantos pasos y salió a otra gran caverna, a lo largo de la cual Irene caminó en línea recta, con tanta confianza como si conociera cada paso del camino. Curdie continuó tras ella, agitando su antorcha e intentando ver algo de lo que los rodeaba. De repente retrocedió un paso cuando la luz recayó sobre algo cercano junto a lo cual pasaba Irene. Era una plataforma de roca levantada unos pocos pies del suelo y cubierta de pieles de oveja, sobre la cual yacían dos figuras horribles dormidas, reconocidas de inmediato por Curdie como el rey y la reina de los trasgos. Bajó su antorcha al instante para que la luz no los despertara. Al hacerlo, esta iluminó su piqueta, tirada al lado de la reina, cuya mano yacía muy cerca del mango.

“Detente un momento —susurró—. Sostén mi antorcha y no dejes que la luz les dé en la cara”.

Irene se estremeció al ver a aquellas criaturas espantosas, junto a las cuales había pasado sin observarlas, pero hizo lo que él le pedía y, dándose la vuelta, sostuvo la antorcha baja frente a ella. Curdie retiró el pico con cuidado y, al hacerlo, divisó uno de sus pies, que sobresalía de debajo de las pieles. El gran zapato de granito, tan torpe, expuesto así a su alcance, era una tentación a la que no pudo resistirse. Lo agarró y, con esfuerzos cautelosos, se lo quitó. En cuanto lo logró, vio con asombro que lo que había cantado por ignorancia, para molestar a la reina, era totalmente cierto: ella tenía seis dedos horribles en cada pie. Embargado de alegría por su éxito, y viendo por el enorme bulto en las pieles de oveja dónde estaba el otro pie, procedió a levantarlas con

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