En los sotos más templados había preciosas primulas, y no tantas como para cansarse jamás de ellas. Tan a menudo como veía una nueva abriendo un ojo de luz en la tierra ciega, batía las manos de alegría y, a diferencia de algunos niños que conozco, en vez de arrancarla, la tocaba con tanta ternura como si hubiera sido un bebé recién nacido y, tras hacer amistad con ella, la dejaba tan feliz como la había encontrado. Trataba a las plantas en las que crecían como nidos de pájaros; cada flor nueva era para ella como un pajarito nuevo. Visitaba todos los nidos de flores que conocía, recordando cada uno por separado. Se ponía a gatas junto a uno de ellos y decía: > «¡Buenos días! ¿Huelen todos muy bien esta mañana? ¡Adiós!». y luego iba a otro nido y decía lo mismo. Era uno de sus pasatiempos favoritos. Había muchas flores por todas partes y las amaba a todas, pero las prímulas eran sus
—No son demasiado tímidos, ni tampoco un ápice atrevidos —solía decirle a Lootie.
Había también cabras por allí, al otro lado de la montaña, y cuando nacían los cabritillos, se ponía tan contenta con ellos como con las flores. Las cabras pertenecían en su mayoría a los mineros —unas pocas a la madre de Curdie—, pero había bastantes salvajes que parecía que no eran de nadie. Los duendes las consideraban suyas, y de ellas vivían en parte. Les ponían trampas y les cavaban fosas, y no tenían escrúpulo en llevarse las domésticas que caían por casualidad; pero no intentaban robarlas de ningún otro modo, porque temían a los perros que la gente de la colina tenía para vigilarlas, ya que los astutos perros siempre intentaban morderles los pies.