«Irene, ya
Avanzaban sin cesar hasta que ella pudo distinguir claramente al rey. Montaba un caballo blanco y era más alto que cualquiera de los hombres que lo acompañaban. Llevaba alrededor del yelmo un estrecho círculo de oro engastado de joyas, y a medida que se acercaba más, Irene pudo discernir el destello de las piedras bajo el sol.
Hacía mucho tiempo que él no iba a verla, y su pequeño corazón latía cada vez más deprisa a medida que la brillante tropa se acercaba, pues quería muchísimo a su papá-rey y no era tan feliz en ninguna parte como en sus brazos.
Cuando llegaron a cierto punto, a partir del cual ya no podía verlos desde el jardín, corrió hacia la verja, y allí se quedó hasta que llegaron, entre estrépitos y pisadas, con un último y brillante toque de clarín que decía:
«Irene, he llegado».
Para entonces, la gente de la casa se había reunido junto a la puerta, pero Irene estaba sola frente a ellos.
Cuando los jinetes se detuvieron, ella corrió hacia el flanco del caballo blanco y levantó los brazos. El rey se detuvo y le tomó las manos. En un instante estuvo en la silla y quedó prendida en sus grandes y fuertes brazos.
Ojalá pudiera describir al rey para que pudieras verlo en tu mente. Tenía unos ojos azules y apacibles, pero una nariz que lo hacía parecer un águila. Una larga barba oscura, surcada de vetas plateadas, le brotaba de la boca casi hasta la cintura, y mientras Irene se sentaba en la silla de montar y escondía su rostro feliz en su pecho, esta se mezclaba con los cabellos dorados que su madre le había regalado, y ambos juntos eran como una