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nydus/The Princess and the GoblinPublic
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XXII. La anciana y Curdie

—No. No puedo, y no está en mis manos evitarlo —dijo Curdie, volviéndose para salir de la habitación.

—¿Qué voy a hacer, abuela? —sollozó la princesa, volviendo el rostro hacia el pecho de la anciana y estremeciéndose con sollozos reprimidos.

—Debes darle tiempo —dijo su abuela—; y debes conformarte con que no te crean por un tiempo. Es muy duro de soportar; pero yo he tenido que soportarlo, y tendré que soportarlo muchas veces más. Yo me encargaré de lo que piense Curdie de ti al final. Debes dejarlo ir ahora.

—No vienes, ¿verdad? —preguntó Curdie.

—No, Curdie; mi abuela dice que debo dejarte ir. Gira a la derecha cuando llegues al fondo de todas las escaleras, y eso te llevará al vestíbulo donde está la puerta grande.

—¡Oh! No dudo que pueda encontrar el camino, sin usted, princesa, ni el hilo de su abuelita tampoco —dijo Curdie con bastante grosería.

“¡Oh, Curdie! ¡Curdie!”

—Ojalá me hubiera vuelto a casa en el acto. Te agradezco muchísimo, Irene, que me sacaras de aquel atolladero, pero ojalá no me hubieras hecho quedar como un tonto después.

Dijo esto mientras abría la puerta, la cual dejó abierta, y, sin decir una palabra más, bajó la escalera. Irene escuchó con consternación sus pasos al alejar‐se. Luego, volviéndose de nuevo hacia la dama:

—¿Qué significa todo esto, abuela?, sollozó ella, y rompió a llorar de nuevo.

—Significa, mi amor, que no era mi intención dejarme ver. Curdie aún no es capaz de creer ciertas cosas. Ver no es creer⁠—es solamente ver.

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