brinco y brincenti; > dieciséis, diecisiete, dieciocho:— Aquí está la pareja, mételo al pozo. > Diecinueve, veinte:— Duendes a
—Callaos de una vez —exclamó la enfermera en un grito susurrado—. Pero el muchacho, que ya estaba cerca, seguía haciéndolo.
“¡Chis! ¡chis! ¡chis, corre! ¡Ahí vas de prisa y torre! ¡Ñam! ¡ñam! ¡duende! ¡Ahí vas con que te enciende!; ¡Cojea, cojea, cojeando!— ¡Adoquín! ¡adoquinando! ¡Du-du-duende!— ¡Huuuuuh!”
—¡Ahí está! —dijo el muchacho, deteniéndose enfrente de ellos—. ¡Ahí está! Con eso bastará para ellos. No soportan que se cante, y no pueden tolerar esa canción. Ellos mismos no pueden cantar, porque tienen menos voz que un cuervo; y no les gusta que los demás canten.
El muchacho iba vestido de minero, con una extraña gorra en la cabeza. Era un muchacho de muy buen parecer, con unos ojos tan