suavidad, pues, si tan solo lograba llevarse también el otro zapato, ya no tendría más miedo a los duendes que a un montón de moscas. Pero al tirar del segundo zapato, la reina dio un gruñido y se incorporó en la cama. Al mismo instante el rey se despertó también y se sentó a su lado.
—¡Corre, Irene! —gritó Curdie, pues aunque él ya no temía lo más mínimo por sí mismo, temía por la princesa.
Irene miró una vez a su alrededor, vio a las temibles criaturas despiertas y, como la sabia princesa que era, estrelló la antorcha contra el suelo y la apagó, gritando:
—Aquí, Curdie, toma mi mano.
Él corrió a su lado, sin olvidar ni el zapato de la reina ni su pico, y la cogió de la mano mientras ella avanzaba a toda velocidad y sin miedo hacia donde la guiaba su hilo.
Oyeron a la reina dar un gran bramido; pero llevaban una buena ventaja, pues pasaría un tiempo antes de que pudieran encender antorchas para perseguirlos. Justo cuando creyeron ver un destello a sus espaldas, el hilo los condujo a una abertura muy estrecha, por la cual Irene se deslizó con facilidad y Curdie con dificultad.
—Ahora —dijo Curdie—; creo que estaremos a salvo.
—Por supuesto que sí —respondió Irene.
—¿Por qué lo crees? —preguntó Curdie.
“Porque mi abuela nos está cuidando”.
—Eso son patrañas —dijo Curdie—. No sé qué quiere decir.