Cuando se puso de pie sintió como si la hubieran vuelto a hacer de nuevo. Todos los moretones y el cansancio habían desaparecido, y sus manos estaban suaves y sanas como siempre.
—Ahora voy a acostarte para que duermas bien —dijo su abuela.
“Pero ¿qué estará pensando Lootie? Y ¿qué voy a decirle cuando me pregunte dónde he estado?”
—No te preocupes por eso. Verás cómo todo se arregla —dijo su abuela, y la acostó en la cama azul, bajo la colcha de color de rosa.
—Solo falta una cosa más —dijo Irene—. Estoy un poco preocupada por Curdie. Como lo traje a la casa, debí haberlo visto a salvo en su camino a casa.
—De todo eso me encargué yo —respondió la dama—. Te dije que lo dejaras ir, y por lo tanto era mi obligación cuidar de él. Nadie lo vio, y ahora mismo está comiendo un buen plato en la cabaña de su madre, allá arriba en la montaña.
—Entonces me iré a dormir —dijo Irene, y en pocos minutos se quedó profundamente dormida.