“Diez, veinte, treinta— ¡Todos tan sucios aparenta! Veinte, treinta, cuarenta— ¡Todos tan roncos y de manta!
Treinta, cuarenta, cincuenta— ¡Qué prepotencia ostenta! Cuarenta, cincuenta, sesenta— ¡Bestia y hombre se revuenta!
Cincuenta, sesenta, setenta— ¡Rebuelta y pringenta! Sesenta, setenta, ochenta— ¡Las mejillas de greda violenta!
Setenta, ochenta, noventa, ¡Las manos de pedernal sangrienta! Ochenta, noventa, ciento, ¡Juntos al fin por el viento!”
Los duendes retrocedieron un poco cuando empezó, y pusieron muecas horribles durante toda la rima, como si estuvieran comiendo algo tan desagradable que les ponía los dientes largos y les daba escalofríos; pero ya fuera porque las palabras rimadas eran en su mayoría inventadas —pues, al considerarse más eficaz una rima nueva, Curdie la había compuesto sobre la marcha—, ya fuera porque la presencia del rey y de la reina les infundía valor, no sabría decirlo; pero en cuanto terminó la rima, se abalanzaron sobre él de nuevo y salieron disparados un centenar de brazos largos, con una multitud de dedos gruesos y sin uñas en los extremos, para apresarlo.
Entonces Curdie levantó su hacha. Pero, siendo tan cauto como valiente y no queriendo matar a ninguno de ellos, giró el extremo que era cuadrado y romo como un martillo, y con él asestó un gran golpe en la cabeza del duende que tenía más cerca. Por duras que sean las cabezas de todos los duendes, pensó que aquel tenía que sentirlo. Y así fue, sin duda; pero el duende solo dio un grito horrible y se abalanzó sobre el cuello de Curdie.