sáquemoslo y mátemoslo de inmediato. Se lo merece. El daño que podría habernos traído, ahora que había penetrado hasta nuestra ciudadela más retirada, es incalculable. O mejor aún, atémoslo de pies y manos, y tengamos el placer de verlo hecho pedazos a la plena luz de las antorchas en el gran salón.
—¡Cada vez mejor! —gritaron la reina y el príncipe a la vez, aplaudiendo los dos. Y el príncipe hizo un ruido feo con su labio leporino, como si tuviera la intención de estar invitado al banquete.
“Pero —añadió la reina, recapacitándose—, es tan molesto. Porque, por muy pobres criaturas que sean, hay algo en esa gente del sol que resulta muy molesto. No me explico cómo, con la fuerza, la destreza y el entendimiento tan superiores que tenemos, les permitimos existir siquiera. ¿Por qué no los destruimos por completo y usamos su ganado y sus tierras de pastoreo a nuestro antojo? ¡Desde luego que no queremos