La necesidad, según el sentido en que aquí se toma, jamás ha sido rechazada, ni creo que pueda serlo nunca por ningún filósofo. Tal vez solo se pretenda que la mente puede percibir, en las operaciones de la materia, cierta conexión adicional entre la causa y el efecto; una conexión que no tiene lugar en las acciones voluntarias de los seres inteligentes. Ahora bien, si esto es así o no, solo puede manifestarse mediante el examen; y compete a estos filósofos demostrar su afirmación definiendo o describiendo esa necesidad y señalándonosla en las operaciones de las causas materiales.
Parecería, en verdad, que los hombres empiezan por el extremo equivocado en esta cuestión relativa a la libertad y la necesidad cuando la abordan examinando las facultades del alma, la influencia del entendimiento y las operaciones de la voluntad.
Que discutan primero una cuestión más sencilla, a saber, las operaciones del cuerpo y de la materia bruta carente de inteligencia, y traten de ver si pueden formarse allí alguna idea de causalidad y necesidad, que no sea la de una conjunción constante de objetos y la subsiguiente inferencia de la mente de uno a otro.
Si estas circunstancias constituyen, en realidad, el todo de esa necesidad que concebimos en la materia, y si también se reconoce universalmente que dichas circunstancias tienen lugar en las operaciones de la mente, la disputa ha terminado; o al menos, habrá de reconocerse que desde entonces es meramente verbal.
Pero mientras supongamos temerariamente que poseemos alguna idea adicional de necesidad y causación en las operaciones de los objetos externos, al mismo tiempo que no podemos hallar nada más en las acciones voluntarias de la mente, no hay posibilidad de llevar la cuestión a ningún resultado determinado, mientras procedamos sobre una suposición tan errónea.