por los que aquella se rige nos sean enteramente desconocidos, nuestros pensamientos y concepciones siguen marchando, sin embargo —como comprobamos—, en el mismo compás que las demás obras de la naturaleza. La costumbre es el principio por el cual se ha efectuado esta correspondencia, tan necesaria para la subsistencia de nuestra especie y la regulación de nuestra conducta en cada circunstancia y acontecimiento de la vida humana. De no haber sido porque la presencia de un objeto excita al instante la idea de aquellos otros que comúnmente se le hallan conjuntos, todo nuestro conocimiento habría tenido que limitarse a la estrecha esfera de nuestra memoria y nuestros sentidos, y jamás habríamos sido capaces de ajustar los medios a los fines, ni de emplear nuestros poderes naturales ya sea para producir el bien o para evitar el mal. Quienes se deleitan en el descubrimiento y la contemplación de las causas finales tienen aquí un amplio tema para emplear su asombro y su admiración.
Añadiré, como una confirmación adicional de la teoría anterior, que, puesto que esta operación de la mente mediante la cual inferimos efectos semejantes de causas semejantes, y viceversa, es tan esencial para la subsistencia de todas las criaturas humanas, no es probable que pudiera confiarse a las falaces deducciones de nuestra razón, la cual es lenta en sus operaciones; no se manifiesta en ningún grado durante los primeros años de la infancia; y, en el mejor de los casos, en todas las épocas y periodos de la vida humana es sumamente propensa al error y a la equivocación. Es más conforme a la sabiduría ordinaria de la naturaleza asegurar un acto de la mente tan necesario mediante algún instinto o tendencia mecánica, que pueda ser infalible en sus operaciones, que se descubra en la primera aparición de la vida y del pensamiento, y que sea independiente de todas las laboriosas deducciones del entendimiento.