La mente no siente ningún sentimiento o impresión interna a partir de esta sucesión de objetos: en consecuencia, no hay, en ningún caso singular y particular de causa y efecto, nada que pueda sugerir la idea de potencia o conexión necesaria.
Desde la primera aparición de un objeto, nunca podemos conjeturar qué efecto resultará de él. Mas si el poder o energía de cualquier causa fuera descubrible por la mente, podríamos prever el efecto, incluso sin experiencia; y podríamos, en un principio, pronunciarnos con certeza acerca de él, por el mero peso del pensamiento y el raciocinio.
En realidad, no hay parte de la materia que, por sus cualidades sensibles, descubra jamás poder o energía alguna, ni nos dé motivo para imaginar que pudiera producir algo, o ser seguida por ningún otro objeto al que podamos denominar su efecto.
Solidez, extensión, movimiento; todas estas cualidades son completas en sí mismas, y nunca señalan ningún otro acontecimiento que pueda resultar de ellas.
Las escenas del universo cambian continuamente, y un objeto sigue a otro en una sucesión ininterrumpida; pero el poder o la fuerza que anima a toda la máquina nos está totalmente oculto, y no se descubre jamás en ninguna de las cualidades sensibles del cuerpo.
Sabemos que, de hecho, el calor acompaña constantemente a la llama; pero cuál sea la conexión entre ambos, no tenemos margen ni siquiera para conjeturar o imaginar.
Es imposible, por tanto, que la idea de poder pueda derivarse de la contemplación de los cuerpos en casos aislados de su operación; porque ningún cuerpo descubre jamás poder alguno que pueda ser el original de esta idea.