Podría esperarse razonablemente que, en cuestiones que han sido debatidas y discutidas con gran entusiasmo desde el origen mismo de la ciencia y la filosofía, el significado de todos los términos, al menos, se hubiera acordado entre los disputantes; y que nuestras indagaciones, en el transcurso de dos mil años, hubieran sido capaces de pasar de las palabras al tema verdadero y real de la controversia.
Pues, ¡cuán fácil puede parecer dar definiciones exactas de los términos empleados en el razonamiento y hacer de estas definiciones, no el mero sonido de las palabras, el objeto de un futuro escrutinio y examen!
Pero si consideramos la cuestión más de cerca, nos inclinaremos a sacar una conclusión muy opuesta.
Por esta sola circunstancia, la de que una controversia se haya mantenido abierta durante mucho tiempo y siga aún indecisa, podemos presuponer que hay cierta ambigüedad en la expresión y que los disputantes atribuyen ideas diferentes a los términos empleados en la controversia.
Pues como se supone que las facultades de la mente son naturalmente iguales en todos los individuos —de otro modo, nada sería más inútil que razonar o discutir juntos—, sería imposible, si los hombres atribuyeran las mismas ideas a sus términos, que pudieran formarse durante tanto tiempo opiniones diferentes sobre un mismo tema; especialmente cuando comunican sus puntos de vista y cada parte se vuelve hacia todos lados en busca de argumentos que puedan darle la victoria sobre sus antagonistas.
Es verdad que, si los hombres intentan discutir cuestiones que escapan por completo al alcance de la capacidad humana, como las concernientes