¿Acaso no puedo concebir clara y distintamente que un cuerpo, que cae de las nubes y que en todos los demás aspectos se parece a la nieve, tenga sin embargo el sabor de la sal o la sensación del fuego? ¿Hay alguna proposición más inteligible que afirmar que todos los árboles florecerán en diciembre y enero, y se marchitarán en mayo y junio? Ahora bien, todo lo que es inteligible y puede concebirse distintamente no implica contradicción y jamás puede ser probado falso mediante ningún argumento demostrativo o razonamiento abstracto a priori.
Si estamos, por tanto, persuadidos por argumentos para depositar nuestra confianza en la experiencia pasada y hacer de ella la norma de nuestro juicio futuro, estos argumentos deben ser meramente probables, o tales que se refieran a cuestiones de hecho y a la existencia real, de acuerdo con la división antes mencionada.
Pero que no existe ningún argumento de esta clase debe resultar evidente si nuestra explicación de esa especie de razonamiento se admite como sólida y satisfactoria.
Hemos dicho que todos los argumentos concernientes a la existencia se fundan en la relación de causa y efecto; que nuestro conocimiento de esa relación se deriva enteramente de la experiencia, y que todas nuestras conclusiones experimentales proceden sobre el supuesto de que el porvenir será conforme al pasado.
Intentar, por tanto, demostrar este último supuesto mediante argumentos probables, o argumentos referentes a la existencia, es evidentemente incurrir en un círculo vicioso y dar por supuesto aquello mismo que constituye la cuestión en debate.
En realidad, todos los argumentos sacados de la experiencia se fundan en la semejanza que descubrimos entre los objetos naturales y por la cual