En una palabra, dudo mucho que sea posible que una causa sea conocida solamente por su efecto (como habéis supuesto todo el tiempo) o que sea de una naturaleza tan singular y particular como para no tener ningún paralelo ni ninguna semejanza con ninguna otra causa u objeto que haya caído jamás bajo nuestra observación.
Solo cuando se descubre que dos especies de objetos están constantemente conjuntadas podemos inferir la una de la otra; y si se presentara un efecto que fuera enteramente singular y no pudiera ser comprendido bajo ninguna especie conocida, no veo que podamos formarnos conjetura ni inferencia alguna acerca de su causa.
Si la experiencia, la observación y la analogía son, en verdad, las únicas guías que podemos seguir razonablemente en inferencias de esta naturaleza, tanto el efecto como la causa deben guardar similitud y parecido con otros efectos y causas que conocemos y que hemos descubierto, en muchos casos, que están conjuntados entre sí.
Dejo a vuestra propia reflexión seguir las consecuencias de este principio.
Solo observaré que, como los antagonistas de Epicuro siempre suponen que el universo —un efecto bastante singular e inigualable— es la prueba de una Divinidad, una causa no menos singular e inigualable; vuestros razonamientos, bajo esa suposición, parecen merecer, al menos, nuestra atención.
Hay, lo confieso, cierta dificultad en cómo podemos volver jamás de la causa al efecto y, razonando a partir de nuestras ideas de la primera, deducir alguna alteración en el segundo, o alguna adición a él.