De una providencia particular y de un estado futuro
Me ocupaba yo últimamente en una conversación con un amigo que es aficionado a las paradojas escépticas; y aunque expuso muchos principios que no puedo aprobar de ningún modo, como parecen ser curiosos y guardar cierta relación con la cadena de razonamientos que se desarrolla en esta investigación, los transcribiré aquí de memoria lo más exactamente que pueda, con el fin de someterlos al juicio del lector.
Nuestra conversación comenzó con mi admiración por la singular buena fortuna de la filosofía, la cual, como requiere una entera libertad por encima de todos los demás privilegios, y florece principalmente a partir de la libre oposición de sentimientos y argumentaciones, recibió su primer nacimiento en una edad y país de libertad y tolerancia, y jamás se vio coartada, ni siquiera en sus principios más extravagantes, por ningún credo, concesión o estatuto penal. Pues, a excepción del destierro de Protágoras y de la muerte de Sócrates —cuyo último acontecimiento provino en parte de otros motivos—, apenas se encuentran casos, en la historia antigua, de esa celosa intolerancia con la que la época actual está tan infestada. Epicuro vivió en Atenas hasta una edad avanzada, en paz y tranquilidad: los epicúreos fueron incluso admitidos para recibir el carácter sacerdotal