Siempre que se presenta un objeto a la memoria o a los sentidos, este, por la fuerza de la costumbre, lleva inmediatamente a la imaginación a concebir aquel objeto que usualmente se le conjuga; y esta concepción viene acompañada de un sentimiento o sensación, diferente de las vagas ensoñaciones de la fantasía. En esto consiste toda la naturaleza de la creencia. Pues, como no hay cuestión de hecho alguna que creamos con tanta firmeza como para no poder concebir lo contrario, no habría diferencia entre la concepción a la que se asiente y aquella que se rechaza, de no ser por algún sentimiento que distingue a la una de la otra. Si veo una bola de billar moviéndose hacia otra, sobre una mesa lisa, puedo concebir fácilmente que se detenga al contacto. Esta concepción no implica contradicción alguna; pero, aun así, se siente de manera muy diferente a aquella concepción mediante la cual me represento el impulso y la comunicación de movimiento de una bola a otra.
Si hubiéramos de intentar una definición de este sentimiento, hallaríamos tal vez una tarea muy difícil, si no imposible; del mismo modo que si nos esforzáramos en definir la sensación de frío o la pasión de la cólera a una criatura que jamás hubiera tenido experiencia alguna de tales sentimientos.
Creencia es el nombre verdadero y apropiado de este sentimiento; y a nadie le falta jamás el significado de dicho término; porque todo hombre es en todo momento consciente del sentimiento representado por él.
Puede no ser, sin embargo, impropio intentar una descripción de este sentimiento; con la esperanza de que podamos, por ese medio, llegar a algunas analogías que ofrezcan una explicación más perfecta del mismo. Digo, pues, que la creencia no es más que una concepción de un objeto más vívida, animada, enérgica, firme y constante de lo que la imaginación