la seguridad; pero ni pueden morar con constancia en su mente, aun cuando no esté turbada por las emociones del dolor o la pasión; mucho menos pueden mantener su terreno cuando son atacadas por tan poderosos antagonistas.
Los afectos examinan su objeto de una manera más limitada y natural; y mediante una economía más adecuada a la flaqueza de las mentes humanas, consideran únicamente a los seres que nos rodean, y se ven movidos por aquellos acontecimientos que parecen buenos o malos para el sistema particular.
Lo mismo ocurre con el mal moral que con el físico. No puede suponerse razonablemente que aquellas consideraciones remotas, que resultan de tan poca eficacia respecto al uno, vayan a tener una influencia más poderosa respecto al otro.
La mente humana está formada por la naturaleza de tal manera que, ante la aparición de ciertos caracteres, disposiciones y acciones, siente inmediatamente el sentimiento de aprobación o censura; ni hay emociones más esenciales para su estructura y constitución.
Los caracteres que atraen nuestra aprobación son principalmente aquellos que contribuyen a la paz y seguridad de la sociedad humana, del mismo modo que los caracteres que excitan la censura son principalmente aquellos que tienden al detrimento y la perturbación públicos: de donde puede presumirse razonablemente que los sentimientos morales surgen, ya mediata ya inmediatamente, de una reflexión sobre estos intereses opuestos.
¿De qué sirve que las meditaciones filosóficas establezcan una opinión o conjetura diferente; que todo está bien con respecto al todo, y que las cualidades que perturban a la sociedad son, en lo fundamental, tan beneficiosas y tan adecuadas para la intención primaria de la naturaleza como aquellas que promueven más directamente su felicidad y bienestar?