Es universalmente admitido por los investigadores modernos que todas las cualidades sensibles de los objetos, tales como duro, blando, caliente, frío, blanco, negro, etc., son puramente secundarias y no existen en los objetos mismos, sino que son percepciones de la mente, sin arquetipo o modelo externo alguno al que representen.
Si esto se admite con respecto a las cualidades secundarias, debe seguirse también con respecto a las supuestas cualidades primarias de extensión y solidez; ni pueden estas últimas tener más derecho a esa denominación que las primeras.
La idea de extensión se adquiere enteramente de los sentidos de la vista y el tacto; y si todas las cualidades percibidas por los sentidos están en la mente, no en el objeto, la misma conclusión debe alcanzar a la idea de extensión, la cual depende totalmente de las ideas sensibles o de las ideas de las cualidades secundarias.
Nada puede salvarnos de esta conclusión, sino el afirmar que las ideas de esas cualidades primarias se obtienen mediante la Abstracción; una opinión que, si la examinamos con rigor, hallaremos que es ininteligible y aun absurda. Una extensión que no sea ni tangible ni visible no puede concebirse en modo alguno; y una extensión tangible o visible que no sea ni dura ni blanda, ni negra ni blanca, está igualmente fuera del alcance de la concepción humana. Que cualquiera intente concebir un triángulo en general, que no sea ni isósceles ni escaleno, ni tenga ninguna longitud o proporción de lados particular; y pronto percibirá lo absurdo de todas las nociones escolásticas respecto a la abstracción y las ideas generales.
Así, la primera objeción filosófica contra el testimonio de los sentidos o contra la opinión de la existencia externa consiste en que tal opinión, si se funda en el instinto natural, es contraria a la razón, y si se remite a la razón, es contraria al instinto natural, y al mismo tiempo no aporta ninguna evidencia racional para convencer a un investigador imparcial.