De la razón de los animales
Todos nuestros razonamientos acerca de cuestiones de hecho se fundan en una especie de Analogía, que nos lleva a esperar de cualquier causa los mismos acontecimientos que hemos observado que resultan de causas similares.
Donde las causas son enteramente similares, la analogía es perfecta, y la inferencia extraída de ella se considera cierta y concluyente; ni nadie abriga jamás duda alguna, al ver un pedazo de hierro, de que tendrá peso y cohesión en sus partes; como en todos los demás casos que hayan caído jamás bajo su observación.
Pero donde los objetos no tienen una semejanza tan exacta, la analogía es menos perfecta y la inferencia es menos concluyente; aunque todavía conserva cierta fuerza, en proporción al grado de similaridad y parecido.
Las observaciones anatómicas, hechas en un animal, se extienden por este género de razonamiento a todos los animales; y es seguro que, cuando se prueba claramente que la circulación de la sangre, por ejemplo, tiene lugar en una criatura, como una rana o un pez, constituye una fuerte presunción de que el mismo principio tiene lugar en todas.
Estas observaciones analógicas pueden llevarse más lejos, incluso a esta ciencia de la que ahora estamos tratando; y cualquier teoría con la que expliquemos las operaciones del entendimiento, o el origen y la conexión de las pasiones en el hombre, adquirirá una autoridad adicional si descubrimos que esa misma teoría es necesaria para explicar los mismos fenómenos en todos los demás animales.