Pero para abreviar este argumento, que ya se ha alargado demasiado:
Hemos buscado en vano una idea de poder o conexión necesaria en todas las fuentes de las que podríamos suponer que se deriva. Parece que, en los casos particulares de la operación de los cuerpos, nunca podemos, mediante nuestro más exhaustivo examen, descubrir otra cosa que un acontecimiento que sigue a otro, sin ser capaces de comprender ninguna fuerza o poder mediante el cual opera la causa, ni ninguna conexión entre ella y su supuesto efecto.
La misma dificultad se presenta al contemplar las operaciones de la mente sobre el cuerpo —en donde observamos que el movimiento de este último sigue a la volición de la primera, pero no somos capaces de observar o concebir el vínculo que une el movimiento y la volición, o la energía mediante la cual la mente produce este efecto. La autoridad de la voluntad sobre sus propias facultades e ideas no es ni un ápice más comprensible: de modo que, en conjunto, no parece haber, en toda la naturaleza, ni un solo ejemplo de conexión que nos sea concebible.
Todos los acontecimientos parecen enteramente sueltos y separados. Un acontecimiento sigue a otro, pero nunca podemos observar vínculo alguno entre ellos. Parecen conjuntados, pero nunca conectados. Y como no podemos tener idea de nada que no haya aparecido nunca en nuestro sentido externo o sentimiento interno, la conclusión necesaria parece ser que no tenemos ninguna idea de conexión o poder en absoluto, y que estas palabras carecen absolutamente de significado cuando se emplean ya sea en los razonamientos filosóficos o en la vida común.