Pero este método de razonamiento jamás puede tener cabida con respecto a un Ser tan remoto e incomprensible, que guarda mucha menos analogía con cualquier otro ser del universo que el sol con una bujía de cera, y que se revela tan solo a través de algunos débiles vestigios o contornos, más allá de los cuales no tenemos autoridad para atribuirle ningún atributo o perfección.
Lo que imaginamos que es una perfección superior, bien puede ser en realidad un defecto. O, por mucho que fuera una perfección, el atribuírsela al Ser Supremo, cuando no parece haberse manifestado realmente por completo en sus obras, sabe más a adulación y panegírico que a justo raciocinio y sana filosofía.
Toda la filosofía, por tanto, en el mundo, y toda la religión, que no es sino una especie de filosofía, nunca podrán llevarnos más allá del curso habitual de la experiencia, ni darnos normas de conducta y comportamiento diferentes de aquellas que nos proporcionan las reflexiones sobre la vida común.
Ningún nuevo hecho puede deducirse jamás de la hipótesis religiosa; ningún acontecimiento previsto o pronosticado; ninguna recompensa o castigo esperados o temidos, más allá de lo que ya se conoce por la práctica y la observación.
De modo que mi apología de Epicuro seguirá pareciendo sólida y satisfactoria; ni los intereses políticos de la sociedad tienen conexión alguna con las disputas filosóficas sobre la metafísica y la religión.
—Todavía queda una circunstancia —repliqué—, que usted parece haber pasado por alto. Aunque admita sus premisas, debo negar su conclusión. Usted concluye que las doctrinas y razonamientos religiosos no pueden tener influencia sobre la vida, porque no deberían tener ninguna; sin