La razón es incapaz de semejante variación. Las conclusiones que extrae al considerar un círculo son las mismas que formaría al examinar todos los círculos del universo.
Pero ningún hombre, habiendo visto un solo cuerpo moverse tras ser impulsado por otro, podría inferir que cualquier otro cuerpo se moverá tras un impulso similar. Todas las inferencias de la experiencia son, por tanto, efectos de la costumbre, no del razonamiento.
La costumbre, pues, es la gran guía de la vida humana. Es ese único principio que hace que nuestra experiencia nos sea útil y nos hace esperar, para el futuro, una sucesión de acontecimientos semejante a la de aquellos que han aparecido en el pasado.
Sin la influencia de la costumbre, seríamos enteramente ignorantes de cualquier cuestión de hecho más allá de lo que está inmediatamente presente a la memoria y a los sentidos.
Nunca sabríamos cómo ajustar los medios a los fines, ni cómo emplear nuestras facultades naturales en la producción de ningún efecto.
Se acabarían de golpe todas las acciónes, así como la mayor parte de la especulación.
Pero aquí tal vez sea oportuno señalar que, aunque nuestras conclusiones basadas en la experiencia nos llevan más allá de la memoria y de los sentidos, y nos aseguran hechos que ocurrieron en los lugares más distantes y en las épocas más remotas, siempre debe haber algún hecho presente a los sentidos o a la memoria, a partir del cual podamos proceder en primer lugar para extraer estas conclusiones.
Un hombre que encontrara en un país desértico los restos de edificios pomposos, concluiría que el país había sido cultivado en tiempos