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nydus/An Enquiry Concerning Human UnderstandingPublic
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Parte I

Hay, en los escritos del doctor Tillotson, un argumento contra la presencia real que es tan conciso, elegante y fuerte como pueda suponerse que lo sea un argumento contra una doctrina tan poco digna de una refutación seria. Se reconoce por todos lados, dice ese docto prelado, que la autoridad, ya sea de la escritura o de la tradición, se funda meramente en el testimonio de los apóstoles, quienes fueron testigos oculares de aquellos milagros de nuestro Salvador con los cuales probó su misión divina. Nuestra evidencia, pues, de la verdad de la religión cristiana es menor que la evidencia de la verdad de nuestros sentidos; porque, incluso en los primeros autores de nuestra religión, no era mayor; y es evidente que debe disminuir al pasar de ellos a sus discípulos; ni puede nadie depositar tanta confianza en el testimonio de aquellos como en el objeto inmediato de sus sentidos. Pero una evidencia más débil jamás puede destruir a una más fuerte; y por lo tanto, aunque la doctrina de la presencia real estuviera las mil veces claramente revelada en la escritura, iría directamente en contra de las reglas del recto raciocinio darle nuestro asentimiento. Contradice al sentido, aunque tanto la escritura como la tradición, sobre las que se supone edificada, no traigan consigo una evidencia tal como el sentido; cuando se las considera meramente como evidencias externas, y no se las trae al pecho de cada cual por la operación inmediata del Espíritu Santo.

Nada es tan conveniente como un argumento decisivo de esta clase, que al menos debe reducir al silencio a la más arrogante intolerancia y superstición, y librarnos de sus impertinentes peticiones. Me halaga pensar que he descubierto un argumento de similar naturaleza que, de ser acertado, constituirá para los sabios y eruditos un freno perpetuo contra toda clase de ilusión supersticiosa y, por consiguiente, será útil mientras el mundo perdure.

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