humanas; pero, mientras se comprenda el significado, espero que la palabra no cause daño alguno; o bien que mantenga la posibilidad de descubrir algo más en las operaciones de la materia. Pero esto, debe reconocerse, no puede tener consecuencia alguna para la moral o la religión, sea cual fuere para la filosofía natural o la metafísica.
Podemos equivocarnos aquí al afirmar que no hay idea de ninguna otra necesidad o conexión en las acciones de los cuerpos: mas seguramente no atribuimos a las acciones de la mente sino lo que todos hacen, y deben admitir sin vacilación. No alteramos ninguna circunstancia del recibido sistema ortodoxo con respecto a la voluntad, sino únicamente la de aquel con respecto a los objetos y causas materiales. Nada puede ser, por lo tanto, más inocente, al menos, que esta doctrina.
Estando todas las leyes fundadas en las recompensas y los castigos, se supone como un principio fundamental que estos motivos tienen una influencia regular y uniforme sobre la mente, y que ambos producen las acciones buenas y previenen las malas. Podemos dar a esta influencia el nombre que queramos; pero, como suele estar conjointe —como suele estar unida— a la acción, debe ser estimada como una causa y ser considerada como un ejemplo de esa necesidad que aquí queremos establecer.
El único objeto propio del odio o la venganza es una persona o criatura, dotada de pensamiento y conciencia; y cuando alguna acción criminal o perjudicial excita esa pasión, solo lo hace por su relación con la persona o su conexión con ella. Las acciones son, por su propia naturaleza, temporales y perecederas; y cuando no proceden de alguna causa en el carácter y la disposición de la persona que las realizó, no pueden redundar en su honor, si son buenas, ni en su infamia, si son malas. Las acciones en sí mismas pueden ser censurables; pueden ser contrarias a todas las reglas de la moral y de la religión: mas la persona no es