Nadie puede dudar de que la causación tiene la misma influencia que las otras dos relaciones de semejanza y contigüidad.
Las personas supersticiosas son muy aficionadas a las reliquias de los santos y hombres sagrados, por la misma razón que buscan símbolos o imágenes, con el fin de avivar su devoción y darles una concepción más íntima y firme de aquellas vidas ejemplares que desean imitar.
Ahora bien, es evidente que una de las mejores reliquias que un devoto podría conseguir sería la obra manual de un santo; y si sus ropas y enseres deben considerarse alguna vez bajo esta luz, es porque en otro tiempo estuvieron a su disposición, y fueron movidos y afectados por él; respecto a lo cual han de considerarse como efectos imperfectos y como conectados con él mediante una cadena de consecuencias más corta que cualquiera de aquellas por las que conocemos la realidad de su existencia.
Supongamos que se nos presenta al hijo de un amigo que hubiera muerto o estado ausente durante mucho tiempo; es evidente que este objeto revivirá al instante su idea correlativa y traerá a nuestra memoria todas las antiguas intimidades y familiaridades, con colores más vivos de lo que nos habrían aparecido de otro modo.
Este es otro fenómeno que parece probar el principio antes mencionado.
Podemos observar que, en estos fenómenos, la creencia en el objeto correlativo se presupone siempre; sin la cual la relación no podría tener ningún efecto. La influencia del cuadro supone que creemos que nuestro amigo existió alguna vez. La contigüidad con el hogar nunca puede excitar nuestras ideas del hogar, a menos que creamos que este realmente existe. Ahora bien, afirmo que esta creencia, cuando va más allá de la memoria o de los sentidos, es de naturaleza similar y surge de causas similares a las de la transición del pensamiento y la vivacidad de la concepción aquí explicadas.