Parece entonces, digo yo, que dejas la política enteramente fuera de cuestión, y jamás supones que un magistrado prudente pueda recelar con justicia de ciertos dogmas de la filosofía, como los de Epicuro, los cuales, al negar la existencia divina y, en consecuencia, la providencia y una vida futura, parecen debilitar en gran medida los lazos de la moralidad y pueden suponerse, por esa razón, perniciosos para la paz de la sociedad civil.
—Sé, replicó él, que de hecho estas persecuciones nunca, en ninguna época, procedieron de la razón serena, ni de la experiencia de las perniciosas consecuencias de la filosofía, sino que surgieron enteramente de la pasión y del prejuicio.
¿Pero qué tal si avanzara un poco más y afirmara que, si Epicuro hubiera sido acusado ante el pueblo por cualquiera de los sicofantes o delatores de aquellos días, fácilmente habría podido defender su causa y demostrar que sus principios filosóficos eran tan saludables como los de sus adversarios, quienes se esforzaban con tanto celo por exponerlo al odio y a los celos del público?
—Desearía —le dije— que probaras tu elocuencia en un tema tan extraordinario, y pronunciaras un discurso en favor de Epicuro que pudiera satisfacer, no a la chusma de Atenas —si es que concedes que aquella antigua y culta ciudad albergara chusma alguna—, sino a la parte más filosófica de su auditorio, aquella que pudiera suponerse capaz de comprender sus argumentos.
—El asunto no sería difícil bajo tales condiciones —respondió él—:
Y si os parece, me pondré en el lugar de Epicuro por un momento, haré que vos hagáis las veces del pueblo ateniense y os pronunciaré una arenga tal que llenará toda la urna de judías blancas y no dejará ni una sola negra para satisfacer la malicia de mis adversarios.