Pero como el asunto suele ir más lejos, hasta llegar al rechazo absoluto de todo razonamiento profundo, o de lo que comúnmente se llama metafísica, procederemos ahora a considerar qué puede alegarse razonablemente en su favor.
Podemos comenzar observando que una ventaja considerable que resulta de la filosofía exacta y abstracta es su subordinación a la fácil y humana; la cual, sin la primera, nunca puede alcanzar un grado suficiente de exactitud en sus sentimientos, preceptos o razonamientos.
Todas las bellas letras no son sino cuadros de la vida humana en diversas actitudes y situaciones; y nos inspiran diferentes sentimientos, de alabanza o censura, admiración o ridículo, según las cualidades del objeto que ponen ante nosotros.
Un artista estará más capacitado para triunfar en esta empresa si, además de un gusto delicado y una rápida aprehensión, posee un conocimiento preciso de la estructura interna, las operaciones del entendimiento, el funcionamiento de las pasiones y las diversas especies de sentimientos que distinguen el vicio y la virtud.
Por muy doloroso que este examen o indagación interior pueda parecer, resulta, en cierta medida, indispensable para aquellos que desearían describir con éxito las apariencias obvias y externas de la vida y de las costumbres.
El anatomista presenta a la vista los objetos más hidiondos y desagradables; pero su ciencia es útil al pintor para delinear incluso a una Venus o a una Helena. Mientras este último emplea todos los colores más ricos de su arte y confiere a sus figuras los aires más graciosos y atractivos, debe prestar atención asimismo a la estructura interna del cuerpo humano, la posición de los músculos, la fábrica de los huesos, y el uso y la forma de cada parte u órgano.