Todo milagro, por lo tanto, que se pretenda obrado en cualquiera de estas religiones (y todas ellas abundan en milagros), así como su objetivo directo es establecer el sistema particular al que se atribuye, tiene asimismo la misma fuerza, aunque de un modo más indirecto, para derrocar cualquier otro sistema. Al destruir un sistema rival, destruye asimismo el crédito de aquellos milagros sobre los cuales se estableció dicho sistema; de modo que todos los prodigios de las diferentes religiones deben ser considerados como hechos contrarios, y las evidencias de estos prodigios, ya sean débiles o fuertes, como opuestas entre sí.
Según este modo de razonamiento, cuando creemos en cualquier milagro de Mahoma o de sus sucesores, tenemos como garantía el testimonio de unos pocos árabes bárbaros:
Y, por otra parte, debemos considerar la autoridad de Tito Livio, Plutarco, Tácito y, en resumen, de todos los autores y testigos, griegos, chinos y católicos romanos, que han relatado algún milagro en su religión particular; digo que debemos considerar su testimonio bajo la misma luz que si hubieran mencionado aquel milagro mahometano y lo hubieran contradicho en términos expresos, con la misma certeza con que tienen el milagro que relatan.
Este argumento puede parecer demasiado sutil y refinado; pero en realidad no es diferente del razonamiento de un juez, que supone que la credibilidad de dos testigos que sostienen que alguien ha cometido un crimen queda destruida por el testimonio de otros dos que afirman que se encontraba a doscientas leguas de distancia, en el mismo instante en que se dice que se ha cometido el delito.
Uno de los milagros mejor atestiguados de toda la historia profana es el que Tácito relata de Vespasiano, quien curó a un ciego en Alejandría por medio de su saliva, y a un cojo con el mero toque de su pie; en obediencia