y oficiar en el altar, en los ritos más sagrados de la religión establecida; y el estímulo público de pensiones y salarios fue otorgado por igual, por el más sabio de todos los emperadores romanos, a los profesores de toda secta filosófica. Cuán requerido fue este tipo de trato para la filosofía, en su temprana juventud, se comprenderá fácilmente si reflexionamos que, incluso en la actualidad, cuando puede suponerse que es más fuerte y robusta, soporta con mucha dificultad la inclemencia de las estaciones y aquellos duros vientos de calumnia y persecución que soplan sobre ella.
Usted admira, dice mi amigo, como la singular buena fortuna de la filosofía, lo que parece resultar del curso natural de las cosas, y ser inevitable en toda época y nación.
Esta pertinaz intolerancia, de la que usted se lamenta, por ser tan fatal para la filosofía, es en realidad hija de esta, quien, tras aliarse con la superstición, se separa por completo de los intereses de su progenitora y se convierte en su más implacable enemiga y perseguidora.
Los dogmas especulativos de la religión, motivo actual de tan furiosa disputa, no habrían podido concebirse ni admitirse en las primeras edades del mundo; cuando la humanidad, al ser totalmente analfabeta, se forjó una idea de la religión más acorde con su débil entendimiento, y compuso sus sagrados dogmas principalmente con relatos que eran objeto de creencia tradicional, más que de argumento o discusión.
Pasada, por tanto, la primera alarma que surgió de las nuevas paradojas y principios de los filósofos, estos maestros parecen haber vivido desde entonces, durante las edades de la antigüedad, en gran armonía con la superstición establecida, y haber hecho un justo reparto de la humanidad entre ambos; reclamando los primeros a todos los cultos y sabios, y poseyendo la segunda a todos los vulgares e incultos.