sus congéneres, y que tienes la intención de llamarlo cuando lo pronuncias de cierta manera y con un determinado tono y
En todos estos casos, podemos observar que el animal infiere algún hecho más allá de lo que impresiona inmediatamente sus sentidos; y que esta inferencia se funda enteramente en la experiencia pasada, mientras que la criatura espera del objeto presente las mismas consecuencias que siempre ha observado que se siguen de objetos semejantes.
En segundo lugar, es imposible que esta inferencia del animal pueda fundarse en ningún proceso de argumento o razonamiento, mediante el cual concluya que a objetos semejantes deben seguir los mismos acontecimientos, y que el curso de la naturaleza será siempre regular en sus operaciones. Pues si en realidad existe algún argumento de esta naturaleza, ciertamente es demasiado abstruso para la observación de entendimientos tan imperfectos; ya que bien puede requerir el máximo cuidado y atención de un genio filosófico descubrirlo y observarlo.
Los animales, por tanto, no se guían en estas inferencias por el razonamiento:
- Tampoco los niños;
- Tampoco la generalidad de la humanidad, en sus acciones y conclusiones ordinarias;
- Tampoco los propios filósofos, quienes, en todas las partes activas de la vida, son, en lo fundamental, iguales al vulgo y se rigen por las mismas máximas.
La naturaleza debe de haber provisto algún otro principio, de un uso y aplicación más prontos y generales; ni puede confiarse una operación de tan inmensa consecuencia en la vida, como la de inferir efectos a partir de causas, al incierto proceso del razonamiento y la argumentación.