experiencia; del mismo modo debemos considerar el supuesto vínculo o conexión entre la causa y el efecto, que los une y hace imposible que de la operación de esa causa pudiera resultar cualquier otro efecto. Cuando veo, por ejemplo, una bola de billar moviéndose en línea recta hacia otra; incluso suponiendo que el movimiento de la segunda bola se me ocurriera por accidente como resultado de su contacto o impulso, ¿no puedo concebir que cien acontecimientos diferentes podrían seguirse igualmente de esa causa? * ¿No pueden ambas bolas permanecer en reposo absoluto? * ¿No puede la primera bola regresar en línea recta, o saltar de la segunda en cualquier línea o dirección? Todas estas suposiciones son coherentes y concebibles. ¿Por qué habríamos de dar entonces la preferencia a una que no es más coherente o concebible que las demás? Todos nuestros razonamientos a priori nunca podrán mostrarnos fundamento alguno para
En una palabra, pues, todo efecto es un acontecimiento distinto de su causa. No podría, por tanto, ser descubierto en la causa, y su primera invención o concepción, a priori, debe ser enteramente arbitraria. Y aun después de ser sugerido, su conjunción con la causa debe parecer igualmente arbitraria; puesto que siempre hay muchos otros efectos que, para la razón, deben parecer plenamente igual de coherentes y naturales. En vano, por consiguiente, pretenderíamos determinar cualquier acontecimiento singular, o inferir cualquier causa o efecto, sin la asistencia de la observación y la experiencia.
De aquí podemos descubrir la razón por la cual ningún filósofo, que sea racional y modesto, ha pretendido jamás asignar la causa última de ninguna operación natural, ni mostrar claramente la acción de esa potencia que produce un solo efecto en el universo.