¿Dónde, pues, está la odiosidad de esa doctrina que enseño en mi escuela, o más bien, que examino en mis jardines?
O ¿qué encontráis en toda esta cuestión en la que la seguridad de las buenas costumbres, o la paz y el orden de la sociedad, se vean mínimamente comprometidos?
Niego una providencia, decís, y un gobernador supremo del mundo, que guía el curso de los acontecimientos, castiga a los viciosos con la infamia y el fracaso, y premia a los virtuosos con el honor y el éxito en todas sus empresas.
Pero, ciertamente, no niego el curso mismo de los acontecimientos, que está abierto a la indagación y examen de todos.
Reconozco que, en el orden actual de las cosas, la virtud va acompañada de mayor tranquilidad mental que el vicio, y encuentra una acogida más favorable en el mundo.
Soy consciente de que, según la experiencia pasada de la humanidad, la amistad es la principal alegría de la vida humana, y la moderación, la única fuente de tranquilidad y felicidad.
Nunca vacilo entre el modo de vida virtuoso y el viciosos; sino que tengo claro que, para una mente bien dispuesta, toda ventaja está del lado del primero.
¿Y qué más podéis decir, concediendo todas vuestras suposiciones y razonamientos? Me decís, en verdad, que esta disposición de las cosas procede de la inteligencia y el diseño. Pero proceda de lo que proceda, la disposición misma, de la cual dependen nuestra felicidad o nuestra miseria, y en consecuencia nuestra